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Blog sobre Historia de la gastronomía, la cocina y la alimentación

II Guerra Mundial: alimentación y platos principales

“Un ejército marcha sobre su estómago” dijo Napoleón, y bien que se demostró durante la II Guerra Mundial. Y es que ninguna contienda ha puesto tan a prueba el ingenio y la capacidad de superación de sus participantes en la cocina. Así, la tiranía alemana, la resistencia soviética o la resiliencia británica brillaron casi tanto entre los fogones como en el campo de batalla.

carne enlatada

Carne enlatada, un trocito de Chicago en el frente 

Estados Unidos, la bomba… ¡calórica!
Para desesperación de amigos y enemigos, los soldados del tío Sam no protestaban por el tamaño de sus raciones, sino por su aspecto y porque la comida no sabía como en casa. Allí, lejos de cualquier frente de batalla, la dieta rondaba las 3.500 calorías diarias y era abundante en proteínas e hidratos. ¿La explicación? Las mejoras de la década anterior en el campo para superar el Crack del 29, las subvenciones del Gobierno para estimular la producción, y un alza de los precios agrícolas que sembró pequeñas fortunas en granjas y ranchos. Así EE.UU. fue capaz de alimentar no sólo a los suyos, sino también al resto de Aliados –sobre todo a los británicos- salvo a los chinos.
El plato: carne enlatada. Como en la I Guerra Mundial (1914-1918) y antes en la Guerra de Cuba (1898) –cuando su falta de salubridad causó más bajas que las balas españolas-, la carne enlatada reapareció en el frente convertida en el pilar de las famosas Raciones K del profesor Keys.

chirivía chirivías

Chirivías, prima fea de la zanahoria

Gran Bretaña: sangre, sudor y lágrimas (tras convertir el jardín en huerto)
Si en tiempos de paz la cocina británica ya era deleznable, imagina cómo fue durante la guerra. Sin embargo, Londres superó la prueba con sobresaliente ya que nunca escasearon el pan, las patatas, algunas frutas o el pescado. El principal problema no fueron los bombarderos sino los submarinos, ya que Gran Bretaña importaba el 40% de sus alimentos. Para superar la situación se aumentó la tierra de cultivo y las familias convirtieron sus jardines en huertos donde incluso criaban pollos y cerdos con los escasos residuos disponibles. Además, Churchill racionó la carne, los huevos, los lácteos, el azúcar y hasta el té para abastecer al Ejército y se aseguró la ayuda norteamericana. Con todo, los soldados yankees estacionados en Reino Unido gastaban 22,5 hojas de papel higiénico por apenas 3 de los británicos…
El plato: en esto caso no es un plato, sino un producto: la chirivía. Sin plátanos llegados del trópico por los submarinos, muchas mamás británicas engañaron a su prole horneando chirivías, cuyo leve dulzor podía engañar al paladar y los recuerdos a poco que se mostrase cierta voluntad y mucha inocencia…

receta tallos remolacha

Remolacha, salvavidas del campesino en el invierno ruso

La URSS, a vueltas con el hambre
Cuando en 1942 Washington empezó a abastecer a Moscú los rusos no pidieron armas, sino alimentos y locomotoras. Normal, dado que la invasión nazi de la Rusia europea hizo perder a la URSS el 50% de la producción agrícola y ganadera. Para colmo, Stalin alistó dos millones de campesinos –sustituidos por desplazados forzosos sin experiencia agrícolas- como soldados e impuso una estrategia de tierra quemada que mató de hambre tanto al invasor como a los propios rusos. La desnutrición regresó a Rusia y sólo militares y obreros mantuvieron sus raciones, ya de por sí escasas en tiempos de paz. A diferencia de lo ocurrido en el oeste el Ejército Rojo no asumió la alimentación de las poblaciones liberadas, por lo que la situación de hambre no mejoró con la retirada nazi.
El plato: Vasili Grossman dejó en Vida y destino el mejor testimonio posible sobre el cerco de Stalingrado: “Mondas de patata, perros, ranas, caracoles, hojas de col podridas, remolacha enmohecida, carne de caballo, carne de gato, carne de cuervos y cornejas, grano quemado y húmedo, piel de cinturones, cordones de botas, pegamento, tierra impregnada de grasa con los restos de la cocina de los oficiales: todo eso era comida.”

donde comprar pan aleman de centeno madrid

El pan, orgullo de la mesa alemana

Alemania, una nación alimentada por la rapiña
Los alemanes tardaron en sentir los rigores de la guerra a la hora del almuerzo, e incluso éste mejoró al inicio del conflicto por la riada de recursos que fluía desde las fértiles regiones conquistadas. A cambio, la dieta en Francia o los Países Bajos descendió a 2.000 calorías diarias y en el Este fue aún peor. Hitler se empeñó en que los civiles no sufrieran los efectos de las derrotas nazis y los bombardeos sobre Alemania, reduciendo a 1.000 calorías la dieta de los países ocupados para mantener intacta la propia. No obstante el hambre terminó apareciendo, sobre todo cuando la producción se desplomó al comerse los alemanes sus animales de tiro. Alimentar a la famélica población fue uno de los principales problemas en el avance aliado tras desembarcar en Normandía.
El plato: el pan, convertido en el termómetro del conflicto, ya que las derrotas trajeron primero centeno y más tarde serrín y e incluso cenizas a su masa como durante la I Guerra Mundial.

Tofu frito con cebolleta

Tofu salteado con cebolleta

Japón, el imperio del tofu creciente
El caso japonés es similar al alemán, pues si durante los primeros años de guerra arribaron miles de toneladas de alimentos desde las regiones ocupadas, la campaña submarina estadounidense estranguló a la población a partir de 1944. Como a lo largo de toda la historia de Japón, los escasísimas proteínas fueron proporcionadas por sus pescadores, pero no se pudo evitar la desnutrición por la escasez de azúcar y soja. Sin embargo, hubo existencias de arroz hasta 1945 por dos razones: la campaña gubernamental para extender la superficie de cultivo y las exigencias de grano a los pueblos conquistados, que les condujo a la inanición pese a sus esfuerzos: aunque los coreanos aumentaron un 100% su producción redujeron al 50% su propio consumo.
El plato: tofu, considerado alimento para pobres, se popularizó durante la guerra como fuente de proteínas y alternativa al arroz. Los kamikaze siempre llevaban arroz con tofu en la cabina de sus aviones -junto a una catana y su pistola Nambu– para calmar la ansiedad.

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