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Borovicka, sake y raki, un trío infernal para acabar el año

Si, como decía hace unos días, la Nochebuena destaca por los excesos en el plato, la Nochevieja lo hace por los abusos en el vaso. Primero, el vino de la cena. Luego, algún licorcito, y para rematar, el cava o champagne para brindar después de atragantarnos con las uvas. Las copas que vienen después no sé si incluirlas dentro de la categoría de bebidas alcohólicas o si hacerlo directamente en la de venenos, porque el garrafón que se sirve en Madrid es pura estricnina. Ya hace tiempo que no salgo en Nochevieja si no es a una fiesta organizada en casa de algún amigo. Es la única forma que conozco de asegurarme que beberé un gin tonic de calidad, que ya no tengo ni edad, ni hígado, para soportar cualquier mierda en mi copa.

Y es que, inevitablemente, me voy haciendo mayor. ¡Si pienso en alguna de las cosas que he bebido -pagando y sin protestar- cuando era más joven! Me reía hace unos días con varios amigos recordando como en nuestras primeras salidas nocturnas fuimos bautizados con ese engendro que era el Licor 43 con Coca cola. Los lectores de mi generación seguro que no lo han olvidado, ni siquiera en repetidas sesiones con terapeuta. No obstante, en mi caso, la palma del horror etílico se la lleva los brebajes que perpetrábamos en las fiestas del pueblo, la insigne y noble villa de Garrovillas de Alconétar, Cáceres, donde cada tarde de toros las peñas preparan garrafas de “ponche”, genérico nombre que acoge cualquier mezcla de alcohol sin ton, ni son, que la mayoría de las veces se emplea con más acierto en regar a los asistentes, que en llenar sus vasos de plástico.

Tokkuri para sake

Tokkuri para sake

La enumeración de bodrios podría engordar más y más, pero como estamos casi en el 2013, y éste es un blog serio y de categoría, creo que voy a hacer la misma en forma de top ten, tal y como acostumbran las publicaciones impresas con el final de año. Pero como diez son demasiadas malas experiencias etílicas para ser contadas sin echarse a llorar, lo voy a dejar en tres, número más que suficiente para hacerse una idea de lo mucho que he llegado a sufrir delante de según qué copas. Y por hacerlo más interesante, voy a centrarme en especialidades con las que, las más de las veces, me topé de bruces viajando. Seguramente en todas estas ocasiones el problema estuvo más en mi pobreza, que en las bebidas en sí. Vamos, que pagando buenos cuartos seguro que cada una de estas catástrofes no se hubiesen producido. Afortunadamente ando tranquilo, porque de cumplirse mis deseos -que no los pronósticos- en 2013 abandonaré de una vez esta pobreza congénita para ingresar, por fin, en el club de los multimillonarios. Eso es lo que creo que decía mi horóscopo para el año que entra, aunque estaba escrito de forma tan críptica y genérica que no sé si fiarme…

La medalla de bronce de los encontronazos alcohólicos se la voy a otorgar al sake, el vino de arroz que seguro que conoceréis todos los amantes de la gastronomía japonesa. La primera vez que probé el sake fue en el japotalego, el restaurante en el que nos hemos desvirgado tantos madrileños en lo que a la cocina nipona se refiere. Fue al final del menú, a modo de chupito de cortesía. -¿Frío o caliente?-, me preguntaron. -Pues caliente-, que parecía más original. No sabía entonces que que los hombres lo toman siempre así, mientras que las japonesas lo beben frío al tiempo que se encargan de que el de los varones esté siempre caliente. Para ello lo vierten en una pequeña botella cerámica sin tapadera llamada tokkuri, que se coloca dentro de una cacerola con agua casi hirviendo hasta que el sake alcanza los 40º o 50º, temperatura conocida como hitohada o piel caliente. Fuese porque odio el alcohol caliente, o porque el sake que se exporta suele ser de baja calidad, lo he venido rechazando casi sistemáticamente desde entonces, aunque frío -sí, sí, podéis hacer bromas- puedo llegar a beberlo.

Borovicka eslovaco

Borovicka eslovaco

El segundo lugar de la lista lo ocupa el borovicka, un aguardiente de ciruela muy popular en los países eslavos. Yo lo probé en Eslovaquia, hasta donde fui con un programa de intercambio de alumnos sin saber nada –lo juro- del susodicho. El proyecto engloba a nueve institutos de otros tantos países, y una de las visitas que hicimos fue allí. De los cinco días que duró la visita, al menos empleamos dos en evaluar cómo iba el proyecto y establecer los siguientes pasos a dar. En España está completamente prohibido beber alcohol en un centro escolar, pero me imagino que en Eslovaquia no existe una norma así, porque en todas las reuniones siempre tuvimos delante un vasito que, continuamente, rebosaba borovicka. La llegada de tantos alumnos y profesores extranjeros era todo un acontecimiento para el instituto de Trencin, así que nuestros anfitriones se desvivieron por ofrecernos sus mejores atenciones. No sé si fue por empezar a beber a las 10:00 de la mañana o por la graduación del, bien llamado, aguardiente, pero pronto el estómago se me puso del revés con aquel borovicka que dejaba un invierno nuclear a su paso por mis entresijos. El remate llegó cuando un profesor de matemáticas rellenó una y otra vez mi vaso con una versión casera que había preparada para celebrar el reciente bautizo de su hija. Y como mi mamá me enseñó que no se debe ofender a tus anfitriones -y, además de ser auténticos armarios, estaba completamente rodeado por ellos- me dejé llevar hasta aborrecer el borovicka por el resto de mis días. Dos botellas me regalaron, que desde entonces han estado muertas de risas en mi casa, aunque hace unos días Teresa me confirmó que al menos sirven para anestesiar las encías cuando las muelas del juicio llaman a la puerta.

Raki, la "leche de león" turca

Raki, la “leche de león” turca

Y por fin, la medalla de oro, que se la otorgo al raki, aguardiente turco muy parecido al ouzo de los griegos. La primera vez que lo probé fue en Estambul, buscando un bar donde guarnecernos del frío sin encontrarnos con las hordas de españoles que merodeaban por la ciudad aprovechando las vacaciones de Semana Santa. Cuando al fin logramos encontrar un bar frecuentado por locales y logramos hacernos entender, nos dijeron que lo único que servían con alcohol era raki. Bien, vale, pues una botella de raki, que venimos con sed y frío, mucho frío. El tipo trajo la botella junto con una jarra con agua acompañada de un vaso con palitos de zanahoria cruda. Sin entender nada de todo aquello, Alejo y yo empezamos a despachar la botella, pero aquello no sabía a nada. Cuando el dueño del garito se dio cuenta de lo que hacíamos, vino corriendo a la mesa para explicarnos que había que mezclarlo con el agua. ¿Ya la zanahoria? Pues de aperitivo, que no todos los mezze de la región se agotan con el muttabal. Así lo hicimos y vimos que el raki y el anís son primos hermanos. Mejor ni os hablo del dolor de cabeza del día siguiente, que ya sabéis lo cabezón que es el anisete. La botella, como podéis ver en la foto, sigue en mi casa, sin que ni siquiera me haya atrevido a emplearla como anestesiante para las muelas…

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Esta entrada fue publicada en 30 diciembre, 2012 por en Hungría, Chequia y Eslovaquia, Japón, Turquía y etiquetada con , , , , , , .

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